
En este capítulo vamos a hablar de algo que también pasan por alto muchas escuelas y enseñanzas de tipo seudoesotérico: el hecho de ignorar que el ser humano todavía no es un Hombre en el sentido más completo de la palabra. Cuando se quiere emprender un camino iniciático, debemos saber en qué punto nos encontramos para no equivocarnos.
Lo primero es saber que no somos Hombres. Obviamente, al mencionar la palabra Hombre también incluimos a la mujer. Entonces, ¿qué es lo que somos realmente?
Científicamente se ha dicho que somos animales racionales. ¿Qué es lo que distingue al animal racional del Hombre verdadero? Lo que nos diferencia es el Alma.
Muchas personas se quedarán sorprendidas al leer esta afirmación, pero así es.
El animal racional no tiene Alma; solo posee dentro de sí la esencia, el germen o la semilla para desarrollar eso que se llama Alma. Este es un punto muy importante que debe tomarse en cuenta.
Las Sagradas Escrituras, cuando se refieren al Hombre, hablan de aquel que ya tiene su Alma cristalizada dentro de sí mismo, no del animal racional. Ese Hombre es el que está llamado a ser rey de la naturaleza. Jesús el Cristo lo llamó el Hijo del Hombre.
Cuando el germen o la esencia se desarrolla y se convierte en Alma, nace el Hombre Verdadero. Ese es el mensaje oculto en la parábola del sembrador y la semilla: aquella que puede desarrollarse y dar fruto (el Hombre Verdadero) y aquella que es devorada por las circunstancias de la vida.
Jesús dijo:
«Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.» (Mateo 8:20)
Cuando una persona está llena de sí misma, tiene un yo que ocupa toda su atención, sus pensamientos, sus sentimientos y todas sus acciones. No existe un lugar para que ese Hijo del Hombre se desarrolle. Lo más normal es que la semilla no germine.
Para que toda semilla se desarrolle necesita un entorno adecuado y, desafortunadamente, el mundo, con todos sus programas, situaciones, tentaciones y placeres, no es un entorno idóneo para que esa semilla —el Hombre Verdadero— pueda desarrollarse.
Entonces, lo que toca hacer es crearnos un entorno propio para que ello ocurra. Al mismo tiempo, la persona tiene que darse a la tarea de eliminar ese yo psicológico para dar espacio a dicho desarrollo.
Ese entorno es la humildad: el pesebre donde nace el Niño. Cada uno de los presentes que llevan los Reyes Magos representa simbólicamente aquello que favorece ese entorno. El oro representa la realeza y la fortaleza del Espíritu; el incienso, la oración; y la mirra, la muerte psicológica del yo.
Ese nacimiento y desarrollo se da en un ambiente nocturno, en el silencio, protegido de todo aquello que mata al Alma: el bullicio del mundo. Solo los Reyes y Magos se guían por la estrella nocturna del Espíritu hasta encontrar ese nacimiento.
Ese es el entorno que el iniciado debe crear. Tendrá que tener mucha paciencia, separar la cizaña del trigo y, como cualquier sembrador, esperar el fruto.
Mientras ese fruto no se dé, el animal racional no es capaz de interpretar correctamente las Escrituras. Ahí vemos por qué existen miles de sectas, religiones y todo tipo de interpretaciones cuando las Escrituras son, en esencia, un solo libro.
En el judaísmo, la Torá posee cuatro niveles o maneras de ser interpretada, las cuales se llaman: Peshat, Remez, Derash y Sod. Con las iniciales de estas cuatro palabras se forma la palabra Pardés, literalmente «huerto de árboles frutales», equivalente al paraíso para los cabalistas.
Asimismo, encontramos una sentencia clara en las palabras deJesús:

Jesús y la Ley
«No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.»
(Mateo 5:17-20)
Los escribas y fariseos pertenecen al hombre número 1, 2 y 3; por eso su interpretación es errónea. Ahora podrán deducir cómo se encuentran todas esas sectas, grupos y religiones, cuya interpretación no proviene del Hijo del Hombre, sino de conveniencias ideológicas.
Cuando Jesús habla del Reino de los Cielos, se refiere a los mundos internos de los cuales goza el Hijo del Hombre. Allí no pueden entrar los hombres de la Torre de Babel.
Reflexión Final
Comprender que aún estamos en proceso de convertirnos en verdaderos Hombres y Mujeres espirituales no debe ser motivo de desánimo, sino de inspiración. Reconocer nuestra condición actual es el primer paso para emprender un camino de transformación consciente.
Dentro de cada ser humano existe una semilla divina esperando germinar. Esa semilla contiene el potencial de desarrollar el Alma y manifestar las cualidades más elevadas del Espíritu. Sin embargo, como toda semilla, requiere cuidado, paciencia, esfuerzo y un entorno adecuado para crecer y dar fruto.
El trabajo interior no produce resultados de un día para otro. Es una obra silenciosa que se desarrolla paso a paso, a través de la observación de uno mismo, la humildad, la perseverancia y la constante lucha por superar nuestras limitaciones psicológicas.
Cada esfuerzo sincero, por pequeño que parezca, acerca al buscador a su verdadera naturaleza. Ningún trabajo realizado con conciencia se pierde. Todo acto de comprensión, toda renuncia al egoísmo y toda aspiración auténtica hacia lo superior contribuyen al nacimiento del Hombre Verdadero.
Que estas reflexiones sirvan como una invitación a continuar avanzando con determinación, paciencia y fe en el proceso interior. La semilla está presente; corresponde a cada uno cultivarla hasta verla florecer y dar los frutos que la naturaleza y el Espíritu esperan de ella.
En el próximo capítulo profundizaremos en la naturaleza del Alma y en los medios prácticos para favorecer su desarrollo.
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